Dentro de dos días estaremos viviendo fechas que nunca queremos que lleguen, esas que sabemos que nos llevarán a momentos en los que mientras el mundo entero festeja, a nosotros se nos estruja el corazón hasta dejarnos sin aire. Es algo que sentimos a diario, pero que en el medio de un festejo colectivo, de fuegos artificiales y risas, se profundiza, buscando un porqué sin respuestas. ¿Porque a él, a ella, a ellos, a nosotros? ¿Porque ese plato que falta, esa silla vacía?

No buscamos un porqué que nos dé los motivos concretos de la tragedia del 22F. Esos ya los conocemos: son la corrupción de los ex-funcionarios amparados por este gobierno, empresarios y sindicalistas burócratas, la falta de control y de inversión en una “década ganada” con 52 vidas de inocentes perdidas y olvidadas por el poder político. No es ese “porqué” el que buscamos. Es otro mucho más primitivo, esencial y humano, uno que nos ayude a entender este golpe que nos dio la vida.


Y ahí es cuando nos refugiamos en los recuerdos llenos de felicidad, y que, aún en el dolor, nos siguen trayendo una sonrisa. La respuesta esperada no aparece, pero nos sentimos un poquito mejor. La muerte no pudo llevarse los miles de momentos guardados en el corazón.

Si el 2012 fue el año de la pérdida irreparable y de la conformación del grupo de lucha, el 2013 fue el de sufrir más tragedias previsibles.

Fueron producto de la necedad de los funcionarios que creyeron que con vagones pintados se eliminaban los riesgos, dejando relegada la inversión en sistemas de seguridad que remediaran fallas técnicas o errores humanos. A esa falta de sentido común (que creció a la sombra de la ceguera y la vanidad enfermizas de un gobierno que está auto convencido de no equivocarse nunca) se sumó la repudiable irresponsabilidad de algunos conductores de trenes que jugaron con la vida de los usuarios, en una actitud condenable e imperdonable desde todo punto de vista.

Así llegaron las tragedias de Castelar y la segunda en el andén 2. Cientos de heridos y tres muertos más, haciendo llegar a 55 las vidas truncadas sobre las vías en 18 meses.

El gobierno nunca respondió por ellos. Silenció su existencia tanto como pudo, los ignoró. Nos ignoró. A los fallecidos, a los familiares, a los heridos, a los usuarios, a los trabajadores que cumplen con idoneidad y compromiso su función. Todos corrimos esa suerte. Porque somos los que nos robaron, y los que nos robaron viven en nosotros. Somos uno y acá estamos, para gritar su nombre sin cansarnos y luchar por ellos.

Por eso, esperamos que el 2014 sea el año en el que la Justicia como valor fundamental de la sociedad, como poder del Estado, y como paño que cura tanto dolor injusto, tome las decisiones que todos esperamos. Que certifique las pruebas y juzgue a los procesados, que no le tiemble el pulso a la hora de redactar las condenas, y con los ojos más tapados que nunca, caiga con todo su peso sobre quienes nos arrancaron a nuestros amados familiares.

A la medianoche del 24 y el 31, con el cielo iluminado y las sirenas sonando, nosotros cerraremos los ojos, traeremos a los 52 de regreso una vez más, los sentiremos entre nuestros brazos y les daremos el mejor regalo que tenemos para ellos: nuestras lágrimas de amor eterno, nuestro invencible compromiso con la vida y la búsqueda de justicia, y el recuerdo de cada día.

Esas noches levantaremos nuestras copas llenas de lucha por un 2014 con justicia para los muertos y heridos de Once, y para cada uno de quienes pisamos este suelo.

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